ENVIAR

15 MAR 2019
15 de Março de 2019

ENVIAR: ENVIANDO PARA LA EXTENSION DEL REINO.

COMISIÓN DE LOS APÓSTOLES

Jesús, después de discipular a los doce, “los envió a predicar el reino de Dios y a sanar a los enfermos” (Luc. 9:2). Predicar y sanar van juntos, y la misión de los discípulos es cuidar de la persona completa: cuerpo, mente y alma. El pecado y Satanás han capturado a la persona entera, por eso toda ella debe ser llevada a estar bajo el poder santificador de Jesús.

La vida del discípulo puede mantenerse y luego ser enviado solo cuando su vida está totalmente entregada a Cristo, sin nada que se interponga. Ni oro o plata, ni padre o madre, ni cónyuge o hijo, ni la vida ni la muerte, ni las contingencias de hoy ni las de mañana, se interpondrán entre el discípulo y Cristo. Solo importan Cristo, su Reino y el testimonio a un mundo perdido. Esto no significa que debe descuidarse de la familia o nuestros propósitos personales, sino que todos tenemos el llamado de ser luz y sal en este mundo, y podemos en el poder de Dios dar testimonio de Cristo, en el trabajo, la escuela, la universidad, etc. Y podemos servir al Señor apartando de nuestro tiempo ya sea en un llamado completo (tiempo integral), o de un tiempo separado fuera de nuestras obligaciones personales.

EL ENVÍO DE LOS SETENTA

Lee Lucas 10:1 al 24. ¿Qué nos enseña el envío de los setenta sobre la obra de ganar almas en medio de la gran controversia?

En su ministerio, muchos discípulos siguieron a Jesús. Cuando Pedro dirigió la selección de un reemplazo de Judas, el grupo contaba con por lo menos 120 discípulos (Hech. 1:15). Pablo dice que Jesús tuvo no menos de 500 seguidores cuando ascendió al cielo (1 Cor. 15:6). Así que el envío de los 70 no limita el número de los discípulos que tenía Jesús, sino que sugiere la elección de un grupo especial para una misión limitada antes de que él fuera a los pueblos de Galilea.

Solo el Evangelio de Lucas registra el envío de los setenta, muy típico de la mente misionera de Lucas. El número 70 es simbólico en las Escrituras, y en la historia judía. Génesis 10 enumera setenta naciones del mundo como descendientes de Noé, y Lucas tenía una cosmovisión universal. Moisés designó a setenta ancianos para ayudarle en su obra (Núm. 11:16, 17, 24, 25). El Sanedrín estaba compuesto por setenta miembros. No se menciona si ese número tuvo importancia en el envío de los setenta, y no hay necesidad de especular. Lo importante es que Jesús, como adiestrador de dirigentes para la iglesia, no concentró poder y responsabilidad en unos pocos, sino que la esparció entre muchos.

Gozo y satisfacción señalaron el retorno de los setenta. Informaron a Jesús: “Aun los demonios se nos sujetan en tu nombre” (Luc. 10:17). El éxito en la ganancia de almas nunca es el trabajo del evangelista. Él es solo un medio. El éxito viene por medio de “tu nombre”. El nombre y el poder de Jesús están en el centro de cada misión evangelizadora.

Pero, nota tres reacciones de Jesús ante el éxito de los setenta.

-          Primero, en el éxito de la evangelización, Jesús ve la derrota de Satanás (vers. 18).

-          Segundo, se promete que, cuanto más involucrada esté una persona en la evangelización, más autoridad tendrá (vers. 19).

-          Tercero, el evangelista no debe gozarse por lo realizado en la tierra, sino porque su nombre esté escrito en el cielo (vers. 20). El Cielo se regocija por cada persona arrancada a Satanás, y es un golpe para los planes de este.

Desde que uno se integra a la iglesia sabe que el fin último del discipulado es el SER ENVIADO para cumplir una tarea que ayude a la extensión del Reino de Dios. Su prioridad es descubrir el área de servicio para el cual fue capacitado especialmente por el Espíritu Santo. Por ello, todo miembro de la iglesia en nuestro caso como aviva camhi, debe cursar la Escuela de Lideres. Allí se lo capacitará para hacer de él un líder multiplicador. Y también cada creyente tiene la oportunidad de prepararse en la escuela del Reino, para adquirir mayor conocimiento de la Palabra de Dios.

Jesús tomó a Pedro cuando era un hombre común y corriente, lo convirtió en un gran líder. ¿Cómo lo hizo? Con este proceso del cual estamos hablando. Primero lo ganó, luego lo consolidó, después lo discipuló y por último lo envió.

-          El enviar es igual a desarrollar las cualidades que cada hombre y mujer tienen para poder ser líderes.

-          Es llevar a todos los creyentes a su nivel más alto en lo espiritual, emocional e intelectual.

-          Es descubrir dentro de cada individuo sus dones y ayudarlo a desarrollar su mayor potencial. Lucas 10:2.

Jesús “les dio poder y autoridad” (Luc. 9:1). Jesús no envía a sus emisarios con las manos vacías, ni espera que lo representemos con nuestras fuerzas. Nuestra educación, cultura, posición, riqueza o inteligencia son impotentes para realizar su misión. Cristo es quien nos capacita, nos equipa y nos da poder. La palabra griega para “poder” es dúnamis, de la cual se derivan “dínamo”, una fuente de luz, y “dinamita”, fuente de energía que puede penetrar montañas. El poder que Jesús da es suficiente para aplastar al diablo. Jesús es nuestro poder.

-          “Cuando la voluntad del hombre coopera con la voluntad de Dios, llega a ser poderoso. Cualquier cosa que debe hacerse por orden suya puede llevarse a cabo con su fuerza. Todos sus mandatos son habilitaciones”

LA IGLESIA Y SU MISIÓN

Los habitantes que pueblan la tierra son más de siete mil millones y hay un gran desafío de alcanzarlos con el mensaje del Reino para el tiempo del fin, y parece imposible. Esta tarea no es fácil de hacerlo. Desde la perspectiva humana, el rápido cumplimiento de la gran comisión que dejó Cristo a la iglesia parece improbable. (Mateo 28:19, 20).

La tasa de crecimiento de la iglesia simplemente no está acompañando el crecimiento de la población mundial. Una evaluación sincera de cómo están las iglesias y de nuestro actual impacto con la evangelización mundial nos lleva a la conclusión de que, a menos que haya un cambio dramático, no concluiremos la comisión dada por nuestro Rey en esta generación. A pesar de nuestros mejores esfuerzos, todos los planes, estrategias y recursos son incapaces de terminar la misión dada por Dios para su gloria en la Tierra.

El desafío de llevar el evangelio al mundo no es nuevo. Los discípulos lo enfrentaron en el primer siglo y nosotros lo enfrentamos en el siglo XXI. La iglesia del Nuevo Testamento fue, aparentemente, confrontada con una tarea imposible. Pero, al ser dotada con el poder del Espíritu Santo, tuvo un crecimiento explosivo (Hechos 2:41; 4:4; 6:7; 9:31). Esos primeros cristianos compartieron su fe por todo lugar (Hechos 5:42).

La gracia y el amor de Dios rebosó de sus corazones hacia sus familias, amigos y compañeros de trabajo. Sólo unas décadas después de la crucifixión, el apóstol Pablo informó que el evangelio era predicado “en toda la creación que está debajo del cielo” (Colosenses 1:23). ¿Cómo fue posible que un insignificante y desconocido grupo de creyentes pudiera impactar al mundo en tan poco tiempo? ¿Cómo tan pocos cristianos pudieron ser usados por Dios para transformar el mundo para siempre? Nosotros, la iglesia actual somos el fruto de lo que ellos empezaron.

La respuesta está en que la gran comisión de Cristo fue acompañada por su gran promesa. El Mesías había ordenado a sus discípulos “que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre” (Hechos 1:4). Y también les prometió:

“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

El amor de Cristo controló cada aspecto de la vida de sus discípulos y los movilizó a un compromiso fervoroso para servirle. Buscaron a Dios para recibir el poder prometido del Espíritu Santo. Su prioridad fue buscar las bendiciones de Dios, y con ese objetivo dedicaron tiempo para orar y estudiar las Escrituras. Sus pequeñas diferencias fueron quitadas por el deseo de compartir el amor de Cristo con todos los que estaban a su alrededor. Su anhelo era alcanzar al mundo con el evangelio del Reino. Nada fue más importante para ellos. Reconocían que eran incapaces de cumplir la misión sin el poderoso derramamiento del Espíritu Santo.

Los discípulos sentían su necesidad espiritual, y clamaban al Señor por la santa unción que los había de hacer poderosos para la obra de salvar almas.

-          No pedían una bendición simplemente para ellos mismos. Estaban abrumados por la preocupación de salvar almas. Comprendían que el evangelio había de proclamarse al mundo, y demandaban el poder que Cristo había prometido.

Cristo cumplió su palabra. El Espíritu Santo fue derramado con poder en el día de Pentecostés. Miles fueron convertidos en un día y el mensaje del amor de Cristo impactó al mundo. En un corto período de tiempo, el nombre de Cristo estaba en los labios de los hombres y mujeres por doquier. Gracias al derramamiento del Espíritu Divino, los apóstoles hicieron una obra que sacudió al mundo.

El derramamiento del Espíritu Santo en el Pentecostés en la lluvia temprana fue sólo un preludio de lo que vendrá. Dios ha prometido derramar su Espíritu Santo en abundancia en los últimos días (Joel 2:23; Zacarías 10:1). La Tierra será “alumbrada con su gloria” (Apocalipsis 18:1), y la obra de Dios en la Tierra será rápidamente concluida (Mateo 24:14; Romanos 9:28).

-          El propósito del pentecostés no fue solo la experiencia maravillosa del Espíritu Santo en los creyentes ni el hablar en lenguas. Lo principal fue para equipar y empoderar a los creyentes a fin de cumplir la misión, y que se conviertan en testigos de Cristo, dispuestos a todo incluso a dar su vida por Él.

La iglesia experimentará un reavivamiento espiritual y la plenitud del poder del Espíritu Santo como nunca antes en su historia. Hablando del derramamiento del Espíritu Santo en el Pentecostés, Pedro nos asegura: “Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hechos 2:39). Y por más que se quiera hacer ver que esto no será así porque la actividad del Espíritu Santo, así como en el pentecostés se terminó, Dios demostrará al mundo y a la iglesia que eso no era así. El Espíritu y el poder de Dios serán derramados sobre sus hijos hoy.

Cientos de miles de personas aceptarán el mensaje de Dios para los últimos días, gracias a la enseñanza y la predicación de su Palabra. La oración, el estudio de la Biblia y la testificación son los elementos de todo verdadero reavivamiento. La manifestación del Espíritu Santo se intensificará a medida que se acerque el fin, y:

-          “miles de voces darán la advertencia por toda la Tierra. Se realizarán milagros, los enfermos sanarán, y signos y prodigios seguirán a los creyentes”.

No existe nada más importante que conocer a Jesús, estudiar su Palabra, entender su verdad y buscar la promesa del derramamiento del Espíritu Santo en la lluvia tardía para el cumplimiento de la comisión evangélica.

Si un genuino reavivamiento espiritual es nuestra mayor y más urgente necesidad, ¿no deberíamos, como líderes, darle prioridad a la búsqueda de las bendiciones prometidas por el Cielo con todo nuestro corazón?

Deben realizarse un reavivamiento y una reforma bajo la ministración del Espíritu Santo. Reavivamiento y reforma son dos cosas diferentes.

-          Reavivamiento significa una renovación de la vida espiritual, una vivificación de las facultades de la mente y del corazón, una resurrección de la muerte espiritual.

-          Reforma significa una reorganización, un cambio en las ideas y teorías, hábitos y prácticas.

La reforma no producirá los buenos frutos de justicia a menos que esté relacionada con el reavivamiento del Espíritu. El reavivamiento y la reforma han de efectuar su obra asignada y deben entremezclarse al hacer esta obra. La reforma no se manifiesta en una actitud de justicia propia que condena a otros (Gálatas 5:22-24).

La obediencia a la voluntad de Dios es la evidencia de todo verdadero reavivamiento. Nuestro Señor anhela un pueblo reavivado cuyas vidas reflejen la belleza de su carácter. No hay nada que el Señor anhele más que un pueblo deseoso de conocer personalmente su amor y compartirlo con otros. Para que esto suceda, en la iglesia debe activarse hoy más que nunca el deseo del discipulado, o sea ser discípulo y ser discipulador. Hay una necesidad urgente de hacer discípulos comprometidos con el Señor y su obra para así de esa manera cumplir la tarea de llegar con el evangelio del Reino de una manera efectiva a toda persona tal como lo hicieron al principio de la iglesia los apóstoles y creyentes.

La Iglesia es el cuerpo de Cristo, la habitación de Dios por el Espíritu, con citas divinas para cumplir su gran comisión.  Cada creyente, nacido del Espíritu, es una parte integral de la Asamblea General y la Iglesia del Primogénito, que está escrito en el cielo. Efesios 1:22,23; 2:22; Hebreos 12:23

Siendo que el propósito de Dios es de buscar y salvar a aquel que se ha perdido, ser adorado por el hombre, y de edificar un cuerpo de creyentes en la imagen de Su Hijo, la razón de prioridad para ser de Aviva Camhi como parte de la Iglesia es:

    1.  Ser una agencia de Dios para evangelizar al mundo, Hechos 1:8; Mateo 28:19,20; Marcos 16:15,16

    2.  Ser un cuerpo por lo cual el hombre puede adorar a Dios.

    3. Ser un canal del propósito de Dios para edificar el cuerpo de santos siendo perfeccionados en la imagen de su Hijo. Efesios 4:11-16; 1 Corintios 12:28;  14:12

Aviva Camhi existe expresamente para dar un énfasis continuo a la razón de estar en el modelo apostólico del Nuevo Testamento, por enseñar y alentar a los creyentes a ser bautizados en el Espíritu Santo. Esta experiencia:

    1.  Les permite evangelizar en el poder del Espíritu con señales sobrenaturales. Marcos 16:15-20; Hechos 4:29-31; Hebreos 2:3,4

    2. Añade una dimensión necesaria de relación y adoración con Dios.1Corintios 2:10-16; capítulos 12-14

3.  Les permite responder a la obra plena del Espíritu Santo en la expresión del fruto y dones y ministerios como en el Nuevo Testamento, para la edificación del cuerpo de Cristo. Gálatas 5:22-26; 1 Corintios 14:12; Efesios 4:11, 12; 1 Corintios 12:28; Colosenses 1:29

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