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EL EVANGELIO SEGÚN MATEO CAPITULO  7

29 MAI 2017
29 de Maio de 2017
1. Nunca debemos juzgar como si nosotros fuéramos Dios.  

Antes de dictar cualquier juicio o crítica ante un pecado, siempre tenemos que pensar que nosotros mismos no somos perfectos. Juzgar con un juicio arrogante es muy peligroso, pues Dios nos juzgará según la misma norma con la cual nosotros juzguemos o condenemos a otros. Esta advertencia no significa que los discípulos de Jesús deban tolerarlo todo, sin poner nunca el dedo sobre la llaga del pecado, pues aquí el tema no es abandonar el juicio crítico sobre la conducta humana. Más bien, debemos abandonar la práctica de juzgar a todas las personas aunque pequen, porque no somos omniscientes y no podemos tomar todas las cosas en cuenta. En lugar de eso, debemos concentrarnos en nuestras propias flaquezas y los defectos de nuestra propia visión que nos impiden vernos a nosotros mismos con precisión. 

- Observe que Jesús enfoca en la manera en que investigamos con rigor al ver a los demás, mientras que pasamos por alto o lo vemos pequeña cosa nuestros propios defectos y pecados.

También es cierto que el momento puede venir cuando uno deba tomar una seria determinación: 

- cuando sea necesario sacudir el polvo de nuestros pies ante alguien que insistentemente resiste a Cristo, ya que el reino de Dios es algo demasiado santo para ser pisoteado.

2. Las promesas de la oración están relacionadas con la vida conforme al estilo del reino de Dios, y no podemos aplicarlas de forma general a cualquier situación.  

Cuando Jesús habla de la oración, no debemos olvidar en qué contexto lo hace. Por todo lo que nos ha adoctrinado, la pregunta surge indudablemente: ¿Es posible alcanzar obediencia plena a los mandamientos del Señor habiendo tanta dureza en nuestras vidas? Y: ¿cómo podemos alcanzar a los demás, si existe tanta incredulidad? Necesitamos la oración, pero una que sea perseverante. Por eso Jesús emplea tres verbos cada vez más fuertes (pedir, buscar, y golpear). La promesa del Señor, sin embargo, nos afirma tres veces la seguridad de su respuesta (recibir, hallar, y abrirse). Esta promesa triple muestra el carácter bondadoso del Padre. Si nosotros somos personas malas y aun así damos lo bueno a nuestros hijos, cuánto más el Padre en los cielos proporcionará cosas buenas a los que se las pidan. Él nos da lo bueno: el don de su Espíritu Santo para transformarnos conforme a sus intenciones (véase Lucas 11,13). 

Para mostrar un amor abundante y alcanzar a los incrédulos, necesitamos la oración. La dureza de nuestro corazón hace necesario este ejercicio espiritual. Fácilmente podemos caer en el peligro de hipocresía (piedad para obtener el elogio de la gente), o del enojo sin mayor razón, por el cual Jesús ya nos advirtió en los primeros versículos de este capítulo. No podemos vivir lo que Jesús nos manda en el Sermón del Monte por nuestros propios esfuerzos. Es por esta razón que el Señor nos ordena y estimula a perseverar en la oración. El Padre, quien es mucho mejor que nosotros, la contestará, dándonos lo bueno, su Espíritu, el cual nos capacitará para hacer más de lo común (pagar con la misma moneda): 

- pagar con la moneda del reino de Dios, que es su amor abundante.

3. Hacer la voluntad de Dios es difícil, ya que debido a nuestra naturaleza pecaminosa no queremos o no podemos someternos a ella.  

La advertencia contra los falsos profetas trae consigo una comprobación: si la enseñanza, o fruto, es bueno, entonces, ellos también lo son. Por otra parte, si lo que dicen trae “mal fruto” ellos mismos son del mismo modo falsos. El árbol debe ser juzgado según su fruto.

La marca de un falso profeta es que nunca estimula a sus oyentes a vivir una vida que agrade a Dios, en amor abundante. Palabras como arrepentimiento y confesión de pecados están totalmente excluidas de su vocabulario religioso. Al parecer, suena más deleitoso para el oído escuchar acerca de un camino fácil, que de uno que no lo es; pero la trampa está en que este camino conduce a la tragedia eterna. En cambio el camino difícil (seguir la senda de Jesús) nos lleva a la gloria eterna. Lo concluyente de la vida cristiana no es usar el nombre de Jesús, o pretender ser sus representantes. 

- Lo decisivo es una vida obediente en comunión con Cristo. Con la ayuda del Señor, y buscando su capacitación mediante la oración, el creyente puede ir por el camino estrecho.

4. Tenemos que ser prudentes y construir nuestra vida sobre Cristo y su enseñanza.  

El juicio de Dios viene sobre todo los habitantes de la tierra; este juicio revelará la base sobre la cual construimos nuestra existencia. Es debido a esto que Jesús debe ser nuestra roca de salvación, nuestro Maestro divino quien nos enseña el estilo de vida en el reino de Dios. No es suficiente para los creyentes escuchar a Jesús, sin practicar la nueva vida abundante como Él la quiere. Sólo esta vida es perdurable; mientras que la otra vida, por muy bonita que parezca, será destruida. Jesús nunca quiso decir que los creyentes deben practicar la nueva vida a partir de sus propios esfuerzos. 

- El secreto de la nueva vida es simplemente ser hijo de Dios, conocer el amor de Jesús y reflejar este amor a los demás. Una vida no fructífera es condenada a la eterna perdición.


AVIVA CAMHI

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